Los seres humanos solemos convivir con una dualidad entre la razón o lo que nos dice nuestro cerebro y la emoción o lo que nos dice nuestro corazón. Algunas personas tienden a fiarse más de la razón y otras de la emoción, o se dice que son más racionales o emociones. Pero la realidad es que ambos habitan en todas las personas y es importante prestar atención a los dos, porque cada uno tiene un mensaje importante que darnos. Tener en cuenta solamente a uno de los dos nos puede llevar a tomar decisiones erróneas o a pasar por alto información que es relevante.

Así que, lo más adecuado es encontrar un equilibrio entre el corazón y la razón para saber qué nos tiene que decir cada uno de ellos y así poder tomar una decisión que sea lo más acertada posible. Pero sin perder de vista que la forma de encontrar ese equilibrio es el resultado de la experiencia y, por lo tanto, también de los errores que cometemos que nos permiten aprender y seguir evolucionando.

Sin embargo, a veces, lo que nos dice nuestra mente y lo que nos dice nuestro corazón son mensajes opuestos, entonces ¿cómo saber en qué momento tenemos que separar razón y emoción para tomar la decisión que más nos beneficie? Podemos decir que hay una serie de situaciones en las que es conveniente pararse a hacer un análisis de lo que estamos viviendo y sintiendo para ayudarnos a esclarecer cuál es el mejor camino a seguir. Desde Breaking Ice te compartimos algunas de esas situaciones y qué podemos hacer en cada una de ellas. Si te sientes identificado/a, toma nota:

¿Corazón o razón?

Cuando en una relación de pareja estamos sufriendo.

Muchas veces continuamos con una relación, aunque nos esté haciendo sufrir y sea una gran fuente de malestar.

Puede que el vínculo ya no funcione, bien por una mala comunicación, porque se ha acabado el amor, por alguna falta de respeto… pero, sin embargo, en nombre de la emoción, de lo que sentimos por la otra persona, mantenemos esa unión por encima de nuestro bienestar.

Es muy habitual escuchar frases del tipo “Ya sé que esta relación me está haciendo daño, pero es que aún le quiero”.

En situaciones como ésta, es necesario parar, analizar qué está ocurriendo e incluso hacer un listado con los beneficios e inconvenientes de continuar con la relación.

Aquí tenemos que priorizar lo que nos dice nuestro cerebro, por mucho que el corazón nos diga que seguimos queriendo a esa persona o que el cariño es tan fuerte que no podemos romper el vínculo.

Si la relación no funciona, antes o después se terminará, y mientras dure seguirá siendo una fuente de malestar.

Cuando sentimos que una emoción nos está embargando de forma muy intensa. En este momento, es bueno tomarse un tiempo antes de tomar ninguna decisión.

La emoción no nos va a dejar pensar con claridad y podemos llevar a cabo comportamientos precipitados e impulsivos de los que nos arrepintamos más tarde. Se trata de lo que hemos escuchado muchas veces, no tomar decisiones en caliente.

Cuando sientas que una emoción se apodera de ti, reconócela, déjala estar, no trates de negarla ni de luchar contra ella. Pero si está siendo muy intensa, tómate tu tiempo para entender de dónde viene y qué información te está dando.

De esta forma irá bajando su intensidad y te va a permitir tomar decisiones más meditadas y te ahorrarás el malestar por haberte precipitado.

A veces, el pensamiento nos hace interpretar una situación. Esta interpretación que hacemos nos genera una emoción que a su vez influye en cómo actuamos.

Pero, ¿qué ocurre si ese primer pensamiento es una interpretación errónea?, ¿y si nos estamos dejando llevar por las emociones que me producen ese pensamiento sin tener en cuenta otras alternativas?

En este caso, de nuevo, la mejor opción es pararse, dejar que la emoción esté presente pero no tomar ninguna decisión.

Pasado un tiempo, podemos volver a analizar la situación y comprobar si existen otras alternativas posibles. Si hay otro pensamiento que sea más adecuado para interpretar esa situación, porque sea más objetivo y/o más útil, podemos escoger esa opción.

Cuando el analizar en exceso o sobre pensar sobre alguna preocupación nos está paralizando. A veces, damos tantas vueltas a algo, intentamos tomar la mejor decisión, pero le damos vueltas una y otra vez.

Esto nos lleva a paralizarnos y no tomar ninguna alternativa porque ninguna nos acaba pareciendo lo suficientemente buena. Tenemos que tener en cuenta que a veces no hay una única decisión correcta. Y otras veces, no podemos saber si nos hemos equivocado en una decisión hasta que no pasa el tiempo.

Así que a veces, es a nuestra mente a la que tenemos que pedir que pare, porque nunca llegamos a ninguna conclusión. En ese momento, escuchar a nuestro corazón nos puede dar la pista de hacía donde podemos ir.

Y, por último, no podemos dejar de hablar de la intuición y del papel tan importante que juega en nuestras vidas. Se trata de un término muy abstracto y a veces, no sabemos exactamente de dónde viene, pero hay algo en nuestro interior que nos avisa de qué camino debemos coger o cuál evitar.

Solemos no prestar mucha atención a este mensaje que nos llega de dentro, pero es importante saber, que suele ser producto de nuestra experiencia y también de lo que es importante para cada uno/a de nosotros/as.

Prestar atención a lo que nos dice la intuición suele derivar en un acierto seguro porque, al fin y al cabo, nadie nos conoce mejor que nosotros/as mismos/as, aunque a veces se nos olvide.

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